Lo que voy a reproducir a continuación es una reflexión sobre la doble cara de la migración en España: como país emigrante durante décadas y su actual situación como país receptor. Dicha reflexión se encuentra recogida en un trabajo académico realizado para la asignatura de Historia de España del Siglo XX cuyo tema principal es la emigración durante el franquismo. Los autores del mismo son Pedro Sánchez Felguera, Ana Villagrasa Salagre y yo misma, Victoria Silva Sánchez. La elaboración de la parte aquí reproducida me corresponde en su totalidad, por lo que me hago responsable de todas las opiniones vertidas en ella.

REFLEXIÓN FINAL: ESPAÑA, DE PAÍS EMIGRANTE A PAÍS DE INMIGRACIÓN

En 1970 el número de habitantes de España se acercaba a los treinta y cuatro millones. Desde ese año y hasta 1991 la población experimentó un incremento intercensal del 1’1% hasta 1981 y de tan sólo el 0’31% durante los años ochenta. Como consecuencia de todo ello el crecimiento natural de la población se redujo considerablemente: entre 1951 y 1975 la diferencia entre las tasas de natalidad y mortalidad hizo que la población creciera por encima del 10 por mil; a partir de la segunda mitad de los años setenta el desplome de la natalidad combinado con la baja mortalidad dio lugar a un crecimiento del 2’7 por mil.

Esta reciente experiencia migratoria española ha sido ciertamente asombrosa por la novedad, la magnitud y la rapidez con la que se ha producido el cambio. En el plazo de unos pocos años España ha dejado de ser un país expulsor (de parte) de su propia población para convertirse en una potente fuente de atracción para inmigrantes provenientes de los países desarrollados, del norte de África, del continente americano, del este de Europa y de otras partes del mundo.

La recepción de cantidades crecientes de inmigrantes extranjeros no sólo ha alterado la composición de su población y cambiado la fisonomía de sus barrios, pueblos y ciudades, sino que, con su llegada masiva, constituyen con toda probabilidad la base del proceso de cambio social de más envergadura que ha conocido el país estos últimos años. El rápido crecimiento económico experimentado esos años ha dado al país capacidad de atracción como destino migratorio para masas de población procedentes de países obligados a soportar condiciones materiales de vida y niveles de bienestar social muy inferiores al nuestro. Las causas de este fenómeno necesariamente complejo, se encuentran en las realidades de una población española inmersa en un rápido proceso de envejecimiento y afectada ya por graves sesgos en su estructura por edad, los requerimientos de unos mercados de trabajo heterogéneos y las generosas políticas de admisión migratoria que han venido practicando sucesivos gobiernos y diferentes administraciones.

Esta conversión en país de inmigración se concreta en los siguientes datos: mientras que en 1970 residían legalmente en España 147.000 extranjeros, en 1989 lo hacían 398.000. A finales de 1997 se constata que el ritmo de crecimiento de la inmigración es constante pero moderado en España. Pero a estos hay que sumar el número de inmigrantes en situación irregular, importante, en el caso de los trabajadores africanos, latinoamericanos y asiáticos. La llegada de los inmigrantes es un fenómeno estructural y no coyuntural. Una parte importante de la inmigración procede de países del Tercer Mundo. La mitad de los inmigrantes de dicha procedencia son pobres, un 35% se encuentra en situación de pobreza severa. Hace sólo diez años, había en España poco más de 1 millón de extranjeros, una fracción muy pequeña (2’9%). Diez años después, hay en España 6 millones de extranjeros, que constituyen un 13% del total de la población. El crecimiento ha sido espectacular y España ha contribuido decisivamente al crecimiento de la población inmigrante en Europa.

La emigración ha producido una contribución fundamental en el  aumento de  la natalidad del país. Han  aumentado el número de madres potenciales que además registran unas tasas de fecundidad más elevadas que las españolas. De no ser por la contribución de los inmigrantes, tanto por el impacto directo de sus llegadas como por su natalidad, el crecimiento de la población española habría sido nulo.

También se ha producido un incremento de la heterogeneidad interna de la sociedad española. Dos aspectos son los más importantes: han crecido para los españoles nativos las oportunidades de interactuar con la población foránea asentada en el país y ese crecimiento se puede medir con relativa precisión; y la panoplia de gentes con las que los españoles pueden relacionarse es crecientemente variada en la medida en que los orígenes de los inmigrantes se han ido diversificando a medida que se multiplicaba su número.

En España se distinguen dos grandes tipologías migratorias que evidencian una gran disparidad. Por un lado, las personas procedentes de los países andinos, africanos, de la Europa del Este y de Asia, inmigrantes, digamos, económicos. Estos son jóvenes, han llegado recientemente, realizan trabajos poco cualificados y participan en redes de apoyo muy cohesionadas. Los inmigrantes procedentes de los países desarrollados muestran una cara muy diferente, con altos niveles de educación, gran presencia de individuos que han llegado a España con la jubilación en la mano, un fuerte peso de hogares unipersonales y con trabajos –si es que trabajan- pertenecientes a los sectores de más alta cualificación profesional. El colectivo de los países latinoamericanos no andinos –entre los que predominan los argentinos- tiene mucho más en común con los inmigrantes de los países desarrollados que con los de otros orígenes, aunque sin tener del todo su nivel. Es evidente, por tanto, que en España hay “extranjeros” y hay “inmigrantes” (Reher, David-Sven; Requena, Miguel, 2009).

Los inmigrantes provienen de un número relativamente limitado de países. El contingente procedente de América Latina es muy importante, así como el de Europa occidental, Marruecos y el este de Europa, en particular Rumanía. La reducida variedad de orígenes, supone una ventaja en algunos casos (por ejemplo, por la presencia de muchas personas de una  cultura no lejana a la española), pero también una desventaja (al hacer más difícil el proceso de integración de colectivos numerosos con un alto nivel de cohesión interna).

Existen dificultades con el idioma, distintas formas de entender la vida y sus costumbres diferentes, lo que puede constituir el caldo de cultivo para situaciones de exclusión social y marginalidad y hacerlos vulnerables a los ataques de claro contenido xenófobo. Así lo reflejaron las explosiones de violencia racista y xenófoba durante 1999 en zonas donde había gran concentración de extranjeros (Tarrasa y El Ejido), mostrando así el aspecto más negativo de la inmigración: las situaciones de explotación y marginación que viven y la escasa preparación de la sociedad española para absorber sin traumas una mano de obra importada cada vez más necesaria. Todos estos problemas concernientes a los inmigrantes ‘económicos’ se pueden apreciar de forma muy clara en el film Las Cartas de Alou, donde se narran los problemas de un inmigrante subsahariano en España.

El hecho de que la inmigración sea un fenómeno reciente lo refleja que el primer texto legal específico sea la Ley Orgánica sobre Derechos y Libertades de los Extranjeros en España de 1 de julio de 1985. Durante 1991 se llevó a cabo una importante regularización de extranjeros. El 23 de abril de 1996 entró en vigor el nuevo Reglamento de Extranjería, que supuso un gran avance con respecto a la Ley, aprobando el principio de igualdad legal entre españoles y extranjeros. En el año 2000 se aprobó una nueva Ley (Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración), sin el apoyo del Partido Popular (PP). Esta supuso un avance realmente importante respecto a la de 1985 al fijarse como objetivo la integración, al ampliar sustancialmente el ámbito de los derechos de los extranjeros y prever la regularización de las situaciones de hecho. Pero existen dos tipos de problemas: la inconcreción técnica y la escasa capacidad del Gobierno para fijar la política inmigratoria conveniente.

La última gran reforma realizada fue la llevada a cabo en 2003, la Ley 14/2003 de 20 de noviembre a la que se le añade, por tratar fundamentalmente sobre la expulsión de los inmigrantes ilegales, la Ley Orgánica sobre medidas de seguridad ciudadana, violencia doméstica e integración de los extranjeros, de marzo de 2003. Esta reforma se realiza con los propósitos de control de los flujos de inmigrantes y la integración de los mismos. Destaca en ella, el reforzamiento de los medios sancionadores para luchar contra la inmigración ilegal, y el tráfico de personas, la habilitación del acceso a la información de las Administraciones públicas por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, y la habilitación de acceso a la información ofrecida por el Padrón Municipal a favor de la Dirección General de la Policía, una modificación en las condiciones del derecho a la reagrupación familiar y en las posibilidades de regularización individual por la vía de arraigo. Esta Ley es, una vez más, el reflejo de una política inmigratoria que sólo persigue el control de la entrada de inmigrantes en España, y las restricciones a los mismos, más que la real integración social. Es una Ley que recorta aún más los derechos de los inmigrantes establecidos ilegalmente en España, y que impide casi por completo la posible regularización de los que no han tenido medios para llegar a España regularmente, y han entrado sin haber conseguido previamente el permiso de trabajo necesario para acceder dignamente al mercado de trabajo español y conseguir así una plena integración social.

Desde 2008, la recesión económica está teniendo ya repercusiones importantes y negativas entre los inmigrantes presentes en el país. Han disminuido de  forma considerable los flujos migratorios de los años anteriores y se ha contraído el  contingente de inmigrantes que se dirigen a España. Los pronósticos sobre las posibilidades de retorno a sus países de origen de unos inmigrantes castigados por la crisis económica son necesariamente más inciertos. La imagen de España como destino migratorio de interés se irá diluyendo a medida que pierda capacidad real de atracción a causa del fin del ciclo económico expansivo vivido los últimos años. Es más que probable en nuestra opinión que la explosión migratoria haya tocado a su fin en nuestro país (Reher, David-Sven; Requena, Miguel, 2009).

En conclusión, si en las décadas de los sesenta y setenta, muchos españoles tenían que emigrar al exterior buscando trabajo y unas condiciones de vida mejores; tres décadas después la situación ha cambiado y España es el país que recibe a emigrantes en búsqueda de trabajo y unas mejores condiciones de vida.  Pese al drástico cambio, el conocimiento del movimiento migratorio que se produjo entre 1960 y 1973 es algo fundamental para conocer que la actual situación del país no siempre ha sido tan positiva y que tiempo atrás muchos españoles debieron abandonar el país. Conocer la realidad de todos esos españoles debe servir como base para afrontar la actual situación de “nuevo  país rico”, al que muchos inmigrantes vienen con múltiples  expectativas e intentar no caer en los mismos errores que los españoles emigrados sufrieron en sus carnes tiempo atrás.

 

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