Me gustaría dejaros hoy un artículo muy interesante que encontré hace varios días leyendo un libro de Juan Goytisolo. Es de 1998 y trata sobre El Ejido y lo que rodea a esta ciudad. Resulta profético, cuando dos años después, tendrán lugar los actos racistas que hicieron que todos los españoles (al menos a los que somos sensibles a este respecto) nos cubriéramos de vergüenza a ojos de todo el mundo.

El Ejido, quién te ha visto y quién te ve

En el verano de 1957 atravesé por primera vez la comarca almeriense de El Ejido. El alquitrán de la recta que la mediaba era como el filo de un evanescente cuchillo: una línea estrecha, emborronada por la calina, sojuzgada por un sol implacable; paisaje huérfano, pedregosos, de tierras áridas y arbustos mezquinos. Unos pocos edificios de una planta bordeaban la carretera: puestos de venta de alfarería y cerámica, dos otras ventas, casuchas enjalbegadas, algún almacén primitivo. Recuerdo que al detenernos Monique Lange y yo con nuestro diminuto Renault, los parroquianos de un ventorro acudieron a saludarnos: un coche con matrícula extranjera y conducido por una mujer no era pan de todos los días. Nos ofrecieron el agua fresca de un cántaro y aceptaron a cambio los cigarrillos de una marca para ellos desconocida. Preguntaban si en Francia había trabajo, nos dictaban sus nombres y domicilios con la esperanza de obtener un contrato. Buscaban una salida de aquel mundo inhospitalario y agreste, con el pie en el estribo de un caballo todavía imaginario. Almería era entonces la Cenicienta de nuestras provincias. Una frase cruel, despectiva, abreviaba sus lacras y desdichas: “esparto, mocos y legañas”. La vista de la pobreza ajena impulsa siempre las lenguas afiladas de quienes la observan desde arriba.

En 1961 rehice el trayecto con Simone de Beauvoir, Nelson Algren y el futuro director cinematográfico Vicente Aranda. Nos paramos a otear el paisaje en un punto deshabitado y contemplamos el páramo que se extendía hasta el mar, moteado por unas escuálidas manchas de verdura. Alguien había perforado unos pozos y el agua subterránea alimentaba modestos huertecillos. La compañera de Sartre comentó: “Quelle pauvreté! On s’y croirait en Afrique!” [¡Cuánta pobreza, nos creeríamos en África!].

Entretanto había empezado el gran éxodo a Europa. En París, Bruselas, Ginebra, en todas las ciudades alemanas, francesas, belgas, suizas, holandesas decenas de millares de españoles fácilmente identificables por su indumentaria, maletas y atavíos se apiñaban en las estaciones de trenes y autobuses en busca de direcciones y contactos. La economía europea andaba entonces necesitada de brazos. Asistentas de hogar, albañiles, peones, camareros, obreros no especializados se insertaban rápidamente en circuitos laborales de unas sociedades en crecimiento, al parecer, indefinido y deseosas de olvidar recientes catástrofes.

Como sus abuelos y padres, emigrantes económicos y exiliados políticos en Argentina, Venezuela o México, los españoles fueron acogidos con los brazos abiertos. Los republicanos apriscados entre alambradas en Angles, Saint Cyprien y otros campos del sur de Francia en febrero de 1939 evocaban con ironía amarga su suerte muy distinta: “A ellos les dan la bienvenida e ignoran el trato que sufrimos nosotros”. La historia avanzaba no obstante por buen camino y nadie preveía lo que ocurriría luego.

Las manifestaciones de xenofobia y racismo en diciembre de 1997 en diversos puntos de El Ejido, convertido hoy en una de las comarcas más prósperas de España gracias al cultivo intensivo de verduras en tempranales e invernaderos y a la explotación despiadada de la mano de obra extranjera, a menudo clandestina, nos fuerzan a reflexionar sobre lo acaecido en las últimas cuatro décadas y la transformación experimentada por sus habitantes en dicho período.

El prodigioso salto económico de la miseria a una riqueza desigualmente repartida pero caída casi como un maná del cielo por un concurso de circunstancias irrepetible se inició como sabemos en los últimos años del franquismo. Al no ir acompañado de medidas democráticas y educativas, favoreció a una población no apercibida para aquel cambio súbito de status. El acceso a las ventajas materiales y técnicas de las sociedades avanzadas se produjo así sin una preparación ético-cultural adecuada. Lo arcaico se entreveró con lo nuevo sin continuidad ni equilibrio. “En lugar de una evolución progresiva como en otros países europeos”, escribí hace 34 años, “asistimos a un trastorno brusco de todos los hábitos sociales y mentales. En lo moral, como en lo económico, pretendemos quemar las etapas sin caer en la cuenta de que ni las estructuras sociales ni las costumbres pueden improvisarse de la mañana a la noche”.

Las actuales agresiones, torturas y secuestros de magrebíes en El Ejido confirman desdichadamente este análisis. Aunque Almería ha sido tradicionalmente un país de emigrantes, no adquirió nunca una cultura de la emigración. Los contactos con otras poblaciones se efectuaron fuera de sus límites. Por dicha razón, la memoria de un pasado cifrado en su anhelo de huir de la pobreza no plasmó en una comprensión de la miseria ajena ni en una ética solidaria. La llegada en los últimos quince años de magrebíes y sursaharianos indocumentados para llenar unos puestos de trabajo que ningún español quiere ocupar, y en unas condiciones indignas de nuestra flamante personalidad europea, no despiertan un recuerdo compasivo del pasado ni una simpatía activa hacia las víctimas de situaciones vividas. Al contrario: los moros y negros esclavizados en los invernaderos –necesarios dentro de éstos, pero indeseables fuera- avivan los sentimientos egoístas de superioridad y permiten a los ex emigrantes e hijos de emigrantes saborear la escenificación actual del drama de sus propias vidas, representado hoy por actores distintos, como una venganza ejemplar.

El paisaje físico y moral de El Ejido se ha transformado a un ritmo acelerado: kilómetros y kilómetros de invernaderos espejean a los lados de la nueva carretera, grandes hoteles para turistas, bloques imponentes de viviendas, sucursales bancarias, urbanizaciones, supermercados, agencias inmobiliarias, clubes de alterne se suceden desde Aguadulce a la capital económica de la comarca. El tráfico es intenso, la población indígena se adapta como puede a las fluctuaciones de la moda vestimentaria y El Ejido exhibe con orgullo todos los signos exteriores de riqueza y modernidad: desde los McDonald’s y Pizza Hut a los casinos de juego, salas de aerobic y saunas tailandesas.

La secular aversión al moro, tan bien desmenuzada por Rodrigo de Zayas y José María Perceval, constituye el sustrato histórico justificativo de los apaleamientos y expediciones “de castigo” de unos cristianos viejos disfrazados de europeos nuevos y del silencio cómplice de poblaciones enteras de El Ejido ganadas a la unanimidad -¡oh, cuán heroica!- de la plebe castiza de Fuenteovejuna.

La historia se repite y, del mismo modo que la boga de la novela granadina permitía a los lectores cultos del siglo XVI verter sentidas lágrimas sobre el triste destino de los abencerrajes y zegríes desparecidos de su horizonte cotidiano para mejor aborrecer y humillar a la caterva visible, real, uniforme, animalizada de los moriscos con quienes se cruzaban a diario, las almas bondadosas de hoy, las congregadas en el claustro de lo políticamente correcto, atraviesan centenares de kilómetros de montes y desiertos, a través de un país víctima de infames carnicerías diarias, a fin de conmoverse con la suerte dramática de unos saharauis remotos para desentenderse así, con un fariseísmo arrogante, de una xenofobia y racismo próximos, muy próximos, caldo de cultivo de los atentados y crímenes cometidos en casa contra los moros –marroquíes y argelinos- fugitivos de la pobreza y de una guerra de exterminio de fines inconfesables. Como escribía Américo Castro, “vivir culturalmente exige estar siempre alerta, percatarse de que no basta con ser consumidor o aplicador de la cultura ajena… Cuando los españoles se den cuenta de quiénes y cómo han sido, sus circunstancias mejorarán considerablemente. Porque la verdad es que hoy día no están habitando su propia historia; es decir, no saben en realidad quiénes son, pues ignoran quiénes fueron”.

Pese a los meritorios esfuerzos de asociaciones como Almería Acoge y de otros grupos defensores de los derechos humanos, el fuego xenófobo se propaga. La predisposición de las autoridades de la zona, tanto las del partido del Gobierno como las del PSOE, a encubrir a los culpables –sus potenciales votantes- y a prohibir los actos de protesta de las víctimas, es tan indignante como mezquina: un verdadero monumento de mala fe.

La desmemoria de El Ejido no admite disculpa, y con dolor y vergüenza lo digo: ¡quién te ha visto y quién te ve!

El País, 1998.

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