Lo que está sucediendo en Egipto a día de hoy es una muestra más de cómo las ideologías se diluyen cuando se está frente al poder. La gente se manifiesta contra unas elecciones que no responden a sus demandas y contra un ejército que ha secuestrado la revolución y que parece escribir un capítulo más en la historia de gobernantes militares del país. Los Hermanos Musulmanes, ante la más que inminente victoria en esas elecciones, no apoyan a los manifestantes, haciendo uso de una doble moral que decepciona a aquellos que creemos que Islam y democracia son compatibles.

Es esta una “alianza” tácita que, desgraciadamente, trae a la mente el recuerdo de Argelia. Aquellas elecciones de 1991 en las que el partido islamista FIS arrasó fueron el comienzo de una cruenta guerra civil, que más bien habría que llamar guerra contra los civiles. El ejército, descontento con los resultados, declaró no válidas las elecciones, dando inicio a una sangrienta campaña terrorista en la que grupos islamistas armados se enfrentaron entre sí y contra la población civil, hasta que el Ejército Islámico de Salvación, unilateralmente, puso fin al enfrentamiento, beneficiándose de una amnistía por parte del gobierno y aceptando al jefe del Estado designado por los militares. Así, tenemos a día de hoy un gobierno militar de carácter autoritario que cuenta con el beneplácito de una gran parte de los islamistas, dejando aún más desamparado al pueblo argelino.

Existe el miedo a que algo parecido suceda en Egipto. Los islamistas ganan las elecciones y se encaraman al poder, contando con el apoyo de un ejército que mantiene sus prerrogativas y privilegios en la Constitución y todo continúa igual que antes. No hay verdaderas reformas, no hay mejora en la situación de la población, simplemente los Hermanos Musulmanes obtienen lo que han deseado durante tanto tiempo y gobernarán, como aquel rey francés, “para el pueblo pero sin el pueblo”.

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