Cuando la polémica sobre el velo islámico, los derechos de la mujer, la religión, la laicidad y los eternos debates en torno a ellas surgen con su acostumbrada periodicidad, me pregunto si nos miramos a nosotros mismos y nos acordamos de cómo somos y las tradiciones que mantenemos.

Nos parece chocante que en la época en que vivimos haya mujeres que, por voluntad, convicción u obligación, hayan de portar su cabeza tapada con un pañuelo. Consideramos que vivimos en una sociedad en la que la mujer ha obtenido su completa autonomía e independencia del varón, si bien aún no la igualdad. Y yo recuerdo una época no tan lejana en la que las mujeres en este país habían de salir a la calle ataviadas con un velo negro que les cubría toda la cabeza.

Esta tradición de cubrir la cabeza a la mujer no es menos occidental que cualquier otra. Las viudas se cubrían con un velo negro la cara el tiempo que se pasaban de luto, las mujeres tenían que acudir a la iglesia tapando su rostro igualmente, las madrinas de boda hacían otro tanto… y las propias novias. Y detrás de todo ello siempre se ha encontrado la religión, en este caso, la Iglesia Católica.

A día de hoy las novias en España se siguen casando con un velo. Un velo blanco que tapa su cara. El novio en el altar, después de que el sacerdote los haya unido oficialmente en santo matrimonio, procede a levantar el velo de su ya esposa, que hasta ese momento ha permanecido intacta en su pureza y pulcritud. Este velo no simboliza otra cosa que la pureza e inocencia de espíritu que se le supone a la mujer, que no ha incumplido ninguno de los mandamientos de Dios antes de haber sido unida en matrimonio. ¿No me digan que esto no es una parafernalia hipócrita? ¿Por qué en nuestra sociedad se sigue manteniendo esta tradición de levantar el símbolo de pureza a una novia que es de todo menos pura? Piénselo la próxima vez que asistan a una boda…

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