Por humanidad


Solidarizarse con Palestina no tiene nada de revolucionario. Sólo tiene de humano, de conocer nuestro mundo, de conocer la historia de dos pueblos que siempre estuvieron unidos pero enfrentados, condenados a entenderse sin poder conseguirlo. Convivencia secular entre musulmanes y judíos, todos árabes. Es necesario comprender la composición étnica del Estado de Israel a comienzos del siglo XX para comprender el por qué del conflicto. Son los judíos askenazis, los de origen centroeuropeo, los que traen consigo el estigma del antisemitismo. Judíos sefardíes llevan a sus espaldas siglos de convivencia pacífica en sociedades musulmanas, no es este el problema. El problema es cuando una población, horrorizada por la barbarie sufrida a manos de los nazis y resentida contra esa Europa humanista que ha permitido tal barbaridad en su propio suelo, llegan a la supuesta “tierra prometida” hacía 4000 años.

La culpabilidad que sienten países europeos como Francia y Reino Unido hace posible los atropellos que estas personas judías o de ascendencia judía cometen contra los habitantes originales de la tierra, los palestinos. Incluso los judíos sefardíes sienten que pese a compartir religión, no son iguales. Al expansionismo colonial llevado a cabo hasta la década de los 70 se unirá en los años 80 una política de xenofobia y racismo contra el árabe. Es inconcebible esta política de un Estado que a cualquier acusación internacional por comisión de crímenes contra la humanidad responda enarbolando la bandera del antisemitismo que sufre el pueblo israelí, habría que llamarlo ya. Esto deriva en una banalización del verdadero problema que supone el antisemitismo, el racismo, la xenofobia, la islamofobia o cualquie tipo de fobia que suponga una discriminación de cualquier persona por el hecho de tener una determinada característica. Que un Estado construido sobre la culpabilidad del racismo de los europeos establezca una política de xenofobia sistemática contra otro pueblo provoca, cuanto menos, ampollas.

A esto se suma la llegada en los años 90 de judíos procedentes de los países desgajados de la Unión Soviética y de esta misma, cuya etnia es distinta a la de los sefardíes y los askenazis, resultando dificultosa su integración en un Estado israelí en la práctica consolidado. ¿La solución? Enviarlos como colonos a los territorios palestinos ocupados. Esta inmigración es la vanguardia del gobierno israelí en política de exclusión y marginación de los árabes palestinos. Colonias de habitantes que para dejar clara su posición y su territorio no dudan en organizar grupos dedicados a intimidar a los ciudadanos palestinos, propinar palizas, etc. Los territorios fronterizos entre colones israelíes y palestinos se han convertido en terreno de caza de éstos últimos. Una vergüenza social que no impide luego al Estado de Israel ponerse medallas como defensor de la lucha contra el racismo, si bien claro, el racismo solo contra los judíos. Algo, que, por cierto, lo único que hace es dar la razón a la política que emplearon los nazis, ya que, si ser judío es solo profesar una religión y no se corresponde necesariamente con una categoría racial, ¿por qué se hace del antisemitismo una discriminación étnica, cuando precisamente los judíos durante el III Reich se quejaban de que se los agrupara como si fueran de una etnia en concreto?

Solidarizarse con Palestina es asumir la responsabilidad de la suerte de este pueblo por parte de la comunidad internacional. Ella creó el problema y ella debe encontrar la solución. Aplicar la legalidad internacional independientemente del nombre que tenga el país, asumir la responsabilidad histórica de países, como por ejemplo Reino Unido en la situación actual del conflicto en lugar de lavarse las manos y dejar la responsabilidad a otros como ha hecho desde los años 30 y demostrar el próximo día 29 en la Asamblea de Naciones Unidas si estamos del lado de los derechos humanos y la justicia o del lado del chantaje y la amenaza.

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