Dublín-Mingora: no hay distancia para el fundamentalismo


Malala es una chica pakistaní de 14 años que el mes pasado sufrió un ataque por parte de los talibán del noroeste del país. Una bala le atravesó la cabeza y el cuello y terminó en su hombro, por lo que milagrosamente sobrevivió. El motivo por el cual quisieron matarla: su activismo a favor del derecho de las niñas a la educación.

Savita era una dentista de origen indio que vivía en Dublín. Tras 17 semanas de embarazo, acudió al hospital porque no se sentía bien. El diagnóstico aconsejaba una solución: abortar, pero la legislación irlandesa no lo permite mientras el feto tenga vida. El niño murió un miércoles; Savita, al sábado siguiente, de una septicemia provocada por no haberse realizado el aborto necesario.

Sólo una cosa une a ambas: el daño que hacen los fundamentalistas religiosos cuando sus ideas impregnan la política de un país. El caso de Malala no nos resulta tan llamativo: vive en Mingora, ciudad cercana a Peshawar y a la frontera con Afganistán, en la zona que controlan los guerrilleros talibanes. Sabemos que cuando los talibanes se hicieron con gran parte del control sobre Afganistán en 1996 e impusieron una estricta interpretación del Corán y de la ley islámica, la mujer dejó de existir públicamente en ese país. Sin embargo, esa interpretación y aplicación de la sharía tiene muy poco de islámica. Más bien estos usos y costumbres tan rígidos que se impusieron están determinados por el origen pashtún de la mayoría de los talibanes y explica por qué se ha impuesto también en la parte occidental de Pakistán, donde la mayoría de la población también es étnicamente pashtún. No es una imposición nueva fruto del Islam, es la ley tradicional de los pashtunes.

¿Cómo un Estado como Pakistán puede llegar a permitir semejante nivel de descontrol por parte de las autoridades estatales y la total impunidad de los talibanes? No sorprende cuando se conoce que el mayor patrocinador de que los talibanes impusieran un régimen autoritario en Afganistán fue Pakistán, sin prever las consecuencias futuras que aquello tendría en su territorio. Todo esto bajo el mandato de Benazir Bhutto, presidenta de Pakistán. ¡Qué paradoja que fuese una mujer la impulsora del régimen más represivo que se haya dado en la historia reciente!

Sí nos resulta quizás más sorprendente lo que sucedió a Savita en un país como Irlanda, una democracia occidental donde se respetan los derechos humanos. Sin embargo, si por algo se caracteriza Irlanda es por el fanatismo religioso, fanatismo que les ha tenido durante años inmersos en una cruenta guerra civil de secesión entre protestantes y católicos. ¡Una guerra de religión en el siglo XX! Pese a que el IRA accediera a deponer las armas, el conflicto no se ha resuelto. Así, tenemos que en un país como Irlanda gran parte de la legislación está determinada por los preceptos que impone en algunas materias la Iglesia Católica, en este caso, con respecto al aborto. La secularización aún no ha llegado por completo a este país.

Por desgracia, la distancia no es tan grande entre Irlanda y Pakistán cuando los retrógrados son los que tienen el poder.

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