Las elecciones legislativas en Jordania celebradas el 20 de septiembre han deparado la vuelta a la escena política de los Hermanos Musulmanes, tras haber boicoteado las dos últimas votaciones en 2010 y 2013. Pero no sólo se trata de un triunfo de la Hermandad, sino de los partidos islamistas en general, y, por encima de ellos, de un triunfo del régimen.

Todo sigue igual

Los resultados definitivos publicados por la Comisión Electoral Independiente señalan diversos fenómenos. Pese a que no han conseguido un gran número de escaños, la vuelta de los Hermanos Musulmanes a la política jordana, se ve como un gran triunfo interno para la propia organización. Aunque sólo han logrado 15 asientos, han sobrepasado al resto de partidos islamistas y se constituyen como la mayor fuerza política organizada de la cámara baja.

Otro rasgo inquietante de estas elecciones ha sido el peso del voto tribal, mucho más movilizado que el voto partidista. En zonas rurales la participación ha sido mucho más elevada que en las zonas urbanas, siendo bajísima en la capital, Amán. Las mujeres han logrado 20 escaños, siendo 5 de ellos fuera de la cuota de 15 escaños asignada por ley, pero aún queda mucho camino por recorrer. Como señala Osama al-Sharif, analista jordano, “no creo que la composición de este parlamento difiera mucho de los anteriores, en el sentido de tener unas fuerzas leales al régimen dominantes frente a una pequeña oposición. En definitiva, se trata de una victoria del régimen que puede jactarse haber celebrado elecciones libres en medio del caos regional.”

Aumentan la desafección y el desencanto pese a las reformas

El dato que más llama la atención de estas elecciones es la baja participación. Apenas un 37% de los jordanos acudieron a las urnas, un 20% menos que en las elecciones de 2013. La nueva ley electoral, aprobada en marzo de este año, estaba pensada para fomentar la vida política en el parlamento. La introducción del principio de representación proporcional, destinado a la formación de bloques políticos en el parlamento, también permite la creación de una lista electoral a cualquier ciudadano que cumpla los requisitos establecidos. El resultado han sido más de 1.250 candidatos que competían en 1xx listas electorales diferentes.

Pese a estos avances hacia una democracia más participativa, los jordanos se han mostrado muy reticentes a ejercer su derecho al voto. Existen diversos factores que explican esta desafección.

El primero de ellos es la difícil situación económica que atraviesa el país. Los jordanos consideran que el actual gobierno no ha llevado a cabo políticas destinadas a mejorar la asfixiante situación económica que vive el país. Sin ir más lejos, el pasado 28 de septiembre, el Banco Mundial aprobó un nuevo crédito de 300 millones de dólares para ayudar a paliar la situación de los refugiados sirios. Asimismo, un nuevo paquete de medidas del Fondo Monetario Internacional fueron aplicadas en verano, provocando inflación en los precios de los alimentos que se suma a la ya de por sí desesperada situación económica de muchas familias.

Más inquietante aún es la falta de confianza de los ciudadanos en el rol del parlamento como un verdadero actor en la vida política del país. El hecho es que los ciudadanos no consideran que la cámara legislativa pueda influir en las decisiones que toma el gobierno. La bajísima participación en Amán, la capital del país, con apenas un 23%, es un signo de que la clase media se está volviendo “apática y desencantada”, según las palabras de al-Sharif. Tal y como él mismo señala, “existe un sentimiento entre la élite política y la clase media de que el cambio en Jordania no llegará a través del parlamento y que los gobiernos seguirán sus propias políticas sin tenerlo en cuenta.”

A ello se une la inexistencia de movilización partidista, pues los partidos políticos no tienen representación real en la calle. El único partido que cuenta con ella son los Hermanos Musulmanes, ahora divididos internamente, pero que consiguen movilizar a su electorado para que acuda a las urnas. Sin embargo, de las casi 200 listas electorales que concurrieron a los comicios, menos del 7% estaban constituidas por partidos políticos, siendo la mayoría de candidatos líderes tribales y hombres de negocios.

“Este es un desarrollo inquietante”, señala al-Sharif, “porque eventualmente desacreditará el proceso político. Si nada cambia, especialmente en relación a la mala situación económica, en los próximos años menos jordanos aún participarán en futuras elecciones”.

Finalmente, el siempre presente clientelismo en la vida política jordana, dificulta el desarrollo de una democracia política al uso. La vida sigue rigiéndose por afiliaciones tribales y estar bien conectado dentro de una red que te permita acceder a puestos de trabajo, especialmente en el sector público.

A todo ello se suma el reciente atentado que ha terminado con la vida del escritor Nahed Hattar, el cual no ha hecho sino avivar aún más las tensiones entre distintos sectores de la población. Como señala al-Sharif, “esto es algo que el régimen tendrá que tomar en consideración cuidadosamente como claros símbolos de que las instituciones civiles del país se están debilitando, dando paso a la violencia social, la propagación de armas, el auge del extremismo, la declinación del estado de derecho y un cada vez mayor desempleo entre los jóvenes”.

Hay quienes se contentan y ven el vaso medio lleno: al menos se siguen celebrando elecciones teniendo en cuenta la situación a nivel regional. Sin embargo, la apatía de los jordanos las han desacreditado por completo como indicador de la soberanía nacional.

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